LA LLORONA
El grito de la llorona es
aterrador, así lo narran xiqueños que juran haberla escuchado y también
observado. Dicen que su lamento levanta los pelos de quien la escucha. Y es una
regla en el pueblo que, cuando el grito se escucha muy lejos, el fantasma de la
llorona está más cerca de los mortales; y,
cuando el grito se escucha muy cerca, el fantasma está más lejos. La
llorona es una desgraciada mujer que mato a sus hijos y los arrojó a un río; por ello su presencia está
relacionada con manantiales, arroyos, lagunas y más sitios con agua, y se dice que toda mujer que se
practica abortos, después de muerta se convierte en llorona.
Basado en esto, muchos xiqueños
han marcado como lugares donde deambula la llorona el viejo puente de
coyopolan, la puente vieja, el rincón de
Chautenic, el río de Pextlan, el caño del callejón de los campos, el desagüe de
Xonecuila por la calle sin salida, atrás de lo que fue el viejo teatro y cine
Hidalgo; también en el caño de la entrada, en el solitario callejón del
caracol, en el chorrito de Lava pies situado en el camino que conduce al
cementerio, y por arroyos del tapanco.
Cuenta también la leyenda que
quienes han logrado mirar a esa mujer la describen con un rostro de bestia
mular y una larga y fina cabellera; dicen que cuando camina no pisa la tierra y
aseguran que quienes han estado muy cerca de ella han quedado anémicos, o han
perdido alguno de los sentidos del cuerpo.
Entre estas historias se cuenta
que en una ocasión, junto a las murallas del cementerio viejo que existió en el
sitio en que actualmente se encuentran el salón social Benito Juárez y la
escuela M. Ocampo, un hombre que caminaba en altas horas de la noche, de pronto
observó que también una mujer caminaba delante de él; intrigado por su
descubrimiento, empezó a hablarle a esa mujer, pero está no contestaba. El
hombre entonces le pregunto la hora y la mujer respondió: Las diez me dieron en
Francia. Ahorita es la media noche. Y dicen que efectivamente el reloj de la
parroquia empezó a dar las doce campanadas al tiempo que la mujer lanzaba su
grito aterrador de ¡Ay mis hijos…! Y el hombre observó en la sombra reflejada
en la muralla del cementerio las características de bestia mular en las facciones
del rostro de la desconocida.

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